De nuevo medito sobre el pasado.
El pasado... ese cofre lleno de recuerdos, de amores, de lágrimas, de amigos, de cartas, de besos, de miradas, de rencores, de canciones, de enemigos también... Lleno de cosas que para cada uno son diferentes. Cosas que realmente son superfluas. Cosas que no le interesan a nadie más que a su recordador.
¿Y a quién le importa entonces el pasado si cada uno tenemos el propio?
A nadie...
Sin embargo, todos formamos parte del pasado de todos.
Y amamos nuestro pasado tanto como el pasado de otros.
¿Qué tiene el pasado que es amado por todos? El pasado es nuestro legado. Y el presente también es nuestro, porque se va convirtiendo en pasado, pero la diferencia es que el pasado queda. Y, como todo lo bueno que sobrevive, lo amamos. Y, como todo lo bueno que ha muerto pero no ha caído en el olvido, lo amamos.
Un día, en una conversación con una amiga, llegamos a una cuestión que nos pareció muy importante. Llegamos a la cuestión.
Después de morir, ¿quién nos recordará por como realmente fuimos?
Independientemente de nuestras acciones, que podrán ser recordadas o no, que podrán quedar en la memoria de mucha gente, o de algunos elegidos, que podrán alcanzar la fama mundial, o convertirnos en personajes de mala reputación, ¿quién podrá describir exactamente nuestra conducta? ¿Quién atesorará en la memoria la manera en que nos reíamos, o la forma que usábamos para contar historias? ¿Quién podrá relatar con exactitud nuestros más ínfimos detalles? ¿Quién podría transmitir objetivamente cómo fuimos como personas?
Posiblemente, nadie. Porque, después de muertos, es difícil que las personas nos conozcan de nuevo y como realmente somos (o fuimos).
¿Y a dónde irán nuestros propios recuerdos?
Hace 1 día


